Las vacaciones suelen ser un momento de desconexión, descanso y cambio de ritmo. Para muchas personas, significan un respiro en medio de las exigencias del día a día: horarios más flexibles, comidas fuera, viajes, encuentros familiares… Sin embargo, para las personas que tienen un TCA, este periodo puede suponer tanto un alivio como una fuente de tensión importante.

Al llegar el final de agosto y acercarse septiembre, la vuelta a la rutina implica enfrentarse no solo al llamado “síndrome postvacacional” —con síntomas como cansancio, apatía, irritabilidad o dificultad de concentración—, sino también a retos específicos relacionados con la alimentación, la imagen corporal y la estructura diaria.

En Citema sabemos que esta transición puede remover miedos y activar pensamientos intrusivos que parecían más controlados. Por eso, queremos ofrecer una visión de lo que puede ocurrir, cómo abordarlo y qué estrategias pueden facilitar una vuelta más segura a la rutina.

¿Qué puede ocurrir al volver de las vacaciones?

Durante las vacaciones, las rutinas alimentarias y terapéuticas suelen verse alteradas. Aunque la flexibilidad es una parte importante del proceso de recuperación, para algunas personas estos cambios pueden generar ansiedad o sensación de pérdida de control.

Al retomar el día a día, es frecuente que aparezcan:

  • Aumento de pensamientos intrusivos sobre la comida o el peso. La exposición a situaciones veraniegas (ropa más ligera, playas, piscinas, fotos…) puede intensificar la autoevaluación corporal.
  • Miedo a “no encajar” en la rutina. La estructura previa a las vacaciones puede percibirse como demasiado exigente o como un recordatorio de las dificultades pasadas.
  • Sentimientos de retroceso. No siempre es una recaída: a menudo se trata de un reajuste temporal tras un cambio de contexto, pero puede vivirse con frustración.
  • Ansiedad social. Volver a entornos laborales, académicos o sociales después de semanas más resguardadas puede generar inseguridad y estrés.

No todas las personas con TCA experimentan estas dificultades, pero es importante anticiparlas para evitar que se intensifiquen.

¿Cómo facilitar la transición a la rutina?

1. Ajuste progresivo. Si es posible, conviene empezar a recuperar ciertos hábitos antes del inicio oficial de la rutina. Esto puede incluir:

  • Reestablecer horarios de comida. Comer a horas similares a las que se tendrán en septiembre.
  • Organizar actividades gradualmente. No llenar la agenda desde el primer día, sino dejar margen para adaptarse.
  • Preparar el entorno. Planificar compras, organizar menús, disponer de un espacio de trabajo o estudio ordenado.

Estos pasos ayudan a reducir el contraste entre el ritmo vacacional y el cotidiano, evitando que el cambio sea abrupto.

2. Mantener el contacto terapéutico. La continuidad en el tratamiento es fundamental. Aunque en agosto haya interrupciones o cambios de formato, retomar el seguimiento profesional lo antes posible es muy importante para:

  • Reforzar estrategias de afrontamiento.
  • Detectar señales de alerta a tiempo.
  • Trabajar las emociones y pensamientos que surgen en esta etapa.

En algunos casos, se recomienda mantener sesiones de seguimiento durante el verano, aunque sean más espaciadas y online, para reducir el impacto de la vuelta.

3. Comunicación y apoyo del entorno. La implicación de familiares, amistades y compañeros de trabajo o estudio puede marcar la diferencia. Algunas recomendaciones útiles son:

  • Evitar comentarios sobre el peso, el cuerpo o la comida. Aunque sean bienintencionados, pueden aumentar la ansiedad.
  • Escuchar de forma activa. Preguntar qué necesita la persona y respetar sus tiempos.
  • Validar las emociones. Reconocer que es normal sentirse más vulnerable en esta etapa.
  • Celebrar los pequeños avances. No solo los grandes logros, sino también gestos cotidianos que muestran compromiso con la recuperación.

4. Estrategias prácticas para el día a día. La vuelta a la rutina no tiene por qué ser sinónimo de rigidez, pero sí conviene establecer ciertos pilares que aporten seguridad:

  • Planificación de comidas. Elaborar un menú semanal en casa puede reducir la incertidumbre y evitar decisiones impulsivas guiadas por el malestar.
  • Registro emocional. Anotar sentimientos y pensamientos ayuda a identificar patrones y trabajar sobre ellos.
  • Exposición gradual a situaciones temidas (comidas en grupo, eventos sociales…) empezando por entornos de confianza.
  • Reservar tiempo para actividades gratificantes que no tengan que ver con el cuerpo o la comida: leer, pasear, hacer manualidades, escuchar música…
  • Uso consciente de redes sociales. Limitar el tiempo de exposición a contenidos que fomenten comparaciones dañinas y buscar cuentas que transmitan mensajes positivos y realistas sobre la diversidad corporal, y de otras temáticas (hobbies, animales, decoración, libros…).

En definitiva, la vuelta a la rutina es, para muchas personas, una oportunidad de reencontrarse con la estabilidad y recuperar espacios personales. Para quienes conviven con un TCA, este retorno puede ser un reto adicional, pero también una ocasión para reafirmar el compromiso con la recuperación.

No se trata de volver “perfectos” ni de cumplir con un estándar externo, sino de avanzar paso a paso, aceptando que los ajustes forman parte de la vida. La clave está en la planificación, el acompañamiento y la autocompasión.